Milei se sube a la campaña "antiargentina" con una cita de Churchill y le carga la culpa al kirchnerismo - Política y Medios
24-07-2026 - Edición Nº6748

TENSIÓN

Milei se sube a la campaña "antiargentina" con una cita de Churchill y le carga la culpa al kirchnerismo

El Presidente respondió a las acusaciones de racismo posteriores al Mundial con una frase atribuida al ex primer ministro británico y respaldó a Agustín Laje, que apuntó al kirchnerismo. La oposición le reprocha que convierta una polémica futbolística en trinchera política.

El presidente Javier Milei decidió meterse de lleno en la polémica internacional que se desató tras la final del Mundial 2026 y lo hizo, como acostumbra, desde su cuenta de X. El Jefe de Estado publicó una frase en inglés atribuida a Winston Churchill —"You have enemies? Good. That means you've stood up for something, sometime in your life"— para responder a las acusaciones de racismo que apuntaron contra los jugadores de la Selección y, por extensión, contra el país. El mensaje, difundido el martes, fue leído como una toma de posición del oficialismo frente a lo que en la Casa Rosada describen como una "campaña de desprestigio" contra la Argentina.

El propio Milei acompañó la cita con una nota al pie en la que aclaró que "algunos sostienen que la frase es de Victor Hugo y que Churchill sólo la actualizó", un detalle erudito que no alcanzó a disimular el fondo del gesto: el Presidente eligió instalar la idea de un cerco externo. En la misma secuencia compartió un mensaje del escritor libertario Agustín Laje, que responsabilizó al kirchnerismo de ser "pieza clave" de la supuesta campaña antiargentina, y calificó las acusaciones de Laje como "absolutamente ciertas". Con ese movimiento, la controversia deportiva quedó atada al conflicto político doméstico en cuestión de horas.

La secuencia se inscribe en una lógica que el Gobierno viene ejercitando desde diciembre de 2023: convertir cada episodio de fricción en una batalla cultural con enemigos identificables. Los jugadores de la Selección habían quedado en el centro de una discusión global después de que perdieran la final ante España, y voces internacionales vinculadas a espacios progresistas los acusaron de racismo, pero el oficialismo, lejos de despegar al Estado de una disputa entre hinchadas y figuras del espectáculo, la absorbió como propia. La reconvirtió, casi de inmediato, en munición contra el principal espacio opositor.

El movimiento no cayó bien en el arco opositor, que interpretó la maniobra como un intento de tapar la agenda económica y social con una épica de patriotismo defensivo. Desde el peronismo cuestionaron que el Presidente use una controversia futbolística para reactivar la grieta en lugar de responder por los reclamos que esta semana llevaron a la CGT, las dos CTA y organizaciones de jubilados a marchar frente al Congreso. La contradicción quedó a la vista: mientras Milei debatía sobre Churchill y Victor Hugo, en la plaza había pancartas contra el ajuste.

El episodio también dejó expuesta una tensión de fondo en la comunicación oficial. El Gobierno atraviesa semanas movidas después de la salida de Manuel Adorni de la Secretaría de Comunicación y Prensa por la polémica del caso que llevó su apellido, y la reubicación de su número dos, Javier Lanari, como director del Banco Nación. En ese marco, la ofensiva discursiva del Presidente en redes funciona como una forma de recuperar la iniciativa narrativa sin depender de un vocero.

Analistas de comunicación política señalan que la estrategia de Milei descansa en un mecanismo probado: elegir un adversario, amplificarlo y ordenar detrás de esa polarización a la propia tropa. La frase de Churchill —o de Victor Hugo, según la propia salvedad presidencial— cumple esa función de bandera. El problema, advierten en la oposición, es que la lógica del enemigo permanente deja poco margen para procesar los conflictos reales que la gestión tiene abiertos, desde la marcha sindical hasta las negociaciones con los gobernadores por la reforma tributaria. Cada pelea simbólica desplaza a otra discusión concreta.

En paralelo, el respaldo explícito a Laje profundizó el vínculo del Presidente con el ecosistema de intelectuales y difusores libertarios que le sirven de caja de resonancia. La validación pública ("absolutamente ciertas") de las acusaciones del escritor contra el kirchnerismo no es un dato menor: implica que el Jefe de Estado le pone la firma a una teoría según la cual la principal fuerza opositora conspira, desde adentro, contra la imagen del país en el exterior. Es una acusación de peso, formulada sin que mediara una prueba pública que la sostenga.

La reacción del kirchnerismo no se hizo esperar en las redes, donde dirigentes del espacio devolvieron el reproche y acusaron al Gobierno de "victimizarse" para no hablar de la economía cotidiana. La discusión, así, se replegó sobre el terreno donde Milei se siente más cómodo: el del choque simbólico, donde los datos importan menos que la adhesión emocional. En ese tablero, cada acusación cruzada refuerza a los dos polos y arrincona a quienes intentan discutir gestión en lugar de identidad.

El fenómeno tiene, además, un antecedente inmediato en el modo en que el oficialismo procesó el propio Mundial. La eliminación de la Selección en la final y la ausencia de festejos oficiales habían generado una discusión sobre el ánimo social, que el Gobierno buscó reencauzar hacia un relato de país "agredido" desde afuera. El giro es característico de la gestión: transformar una frustración deportiva y colectiva en un episodio más de la guerra cultural que estructura su discurso y le permite mantener movilizada a su base. El fútbol, así, dejó de ser un refugio para volverse otro frente de batalla.

El trasfondo internacional agrega una capa adicional. La polémica por el Mundial se cruzó con un clima global enrarecido, en el que la Argentina aparece mencionada en discusiones que exceden lo deportivo. El Presidente, que ha hecho del alineamiento con Estados Unidos e Israel una marca de su política exterior, encontró en la controversia una oportunidad para reforzar la idea de un país "atacado" por sectores ideológicos que le son hostiles. La narrativa del asedio, funcional a la construcción de identidad del oficialismo, volvió a ocupar el centro de la escena.

Puertas adentro, el oficialismo celebró la viralización del mensaje presidencial como una victoria comunicacional. Puertas afuera, la oposición contabilizó otro día en el que la agenda pública giró alrededor de una frase de un ex primer ministro británico muerto hace sesenta años, en lugar de las tarifas, los salarios o el conflicto con los gremios. La pregunta que sobrevuela, y que ningún funcionario respondió, es cuántos de los problemas que motivaron la marcha del miércoles se resuelven citando a Churchill. El interrogante quedó, como tantos otros, sin respuesta oficial.

Mientras tanto, la Selección —el objeto original de la disputa— quedó reducida a excusa. Los jugadores no hicieron festejos oficiales tras la final perdida, según confirmó el propio Presidente, que aseguró que el Gobierno había ofrecido varias opciones de celebración y que el plantel optó por no hacerlas por la tristeza de haber quedado a un paso del título. El dato, casi anecdótico, terminó sepultado bajo la avalancha de citas literarias y acusaciones cruzadas. La pelota, como suele pasar en la política argentina, fue apenas la excusa para otra pelea que nada tiene que ver con el fútbol.

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