El sábado 20 de junio, al cumplirse un año de la prisión domiciliaria de Cristina Kirchner, la precaria tregua que mantenía a flote al peronismo se desmoronó por completo. En el acto que La Cámpora convocó para conmemorar la fecha, Máximo Kirchner pronunció el discurso más duro que se le conoce en la interna, con un dardo dirigido directamente a Axel Kicillof: "Hablan de unidad y ni siquiera son capaces de ir a verla", lanzó, según reprodujo El Cronista, en alusión a que el gobernador no visita a la ex presidenta en su detención domiciliaria. La frase, breve y filosa, condensó el estado de descomposición de una fuerza que hace tiempo dejó de discutir el país para dedicarse, a tiempo completo, a destrozarse a sí misma.
El acto tuvo un doble mensaje, según coincidieron las crónicas. Hacia afuera, el reclamo por la libertad e inocencia de Cristina. Hacia adentro, la advertencia de que el cristinismo sigue siendo el sector con mayor capacidad de movilización territorial dentro del peronismo, y que no piensa resignar esa centralidad. El planteo de Máximo tuvo dos dimensiones que el kirchnerismo presentó como inseparables: Cristina candidata en 2027 y Cristina como conductora de la construcción opositora que enfrente a Javier Milei. Una ecuación que, en los hechos, le cierra el paso a cualquier liderazgo alternativo dentro del espacio.
Kicillof es cuestionado por el cristinismo por varias razones que se acumulan: porque no reconoce la conducción de Cristina, porque no la visita ni acuerda con ella una tregua, y porque viene construyendo una línea interna propia dentro del peronismo. El gobernador, que aparece en todas las encuestas como el dirigente con mejor proyección del espacio, es resistido precisamente por eso: porque su crecimiento amenaza la hegemonía que el kirchnerismo ejerció durante dos décadas. La pelea, entonces, no es por un proyecto de país sino por el control del aparato y por quién encabeza la boleta en 2027.
Conviene no perder de vista la dimensión real de lo que está en juego, porque acá no hay buenos ni malos: hay dos sectores que comparten la responsabilidad por el estado calamitoso del peronismo. Ni Kicillof ni el kirchnerismo de Cristina y Máximo ofrecen algo parecido a una propuesta para la Argentina. La interna es una guerra de aparatos y de personalismos sin el menor contenido programático. Ninguno de los dos discute qué hacer con la economía, con la inflación que llevó años de daño, con la falta de dólares que hundió al último gobierno kirchnerista, ni con el modelo productivo. Discuten candidaturas, lealtades y fechas de visita a un domicilio. Nada más.
La falta de autocrítica es el común denominador. Ninguno de los dos sectores hizo una revisión seria del desastre macroeconómico que dejó el último gobierno kirchnerista —la emisión descontrolada, el déficit fiscal crónico, el cepo cambiario que asfixió la producción— y que, con sus fracasos reiterados, terminó de allanarle el camino a Milei. Las recetas de los economistas heterodoxos que inspiraron aquellas políticas siguen sin ser revisadas por ninguno de los dos bandos. En lugar de hacerse cargo de por qué el peronismo perdió el poder y la credibilidad, Cristina, Máximo y Kicillof se reparten culpas mutuas y se disputan los despojos de una fuerza que ellos mismos vaciaron de ideas.
El rol de cada sector en esta guerra tiene matices, pero el saldo es igual de destructivo. El cristinismo, encarnado en Máximo Kirchner y La Cámpora, juega a un solo objetivo: impedir el crecimiento de Kicillof y subordinar todo el espacio a la conducción de Cristina, aun a costa de fracturar al peronismo. Es un rol destructivo, no constructivo: no proponen un camino, bloquean el de los demás. Kicillof, por su parte, se sienta a esperar que la candidatura presidencial le caiga por decantación —es el "candidato por default", como lo bautizó con ironía el propio kirchnerismo— mientras la provincia que gobierna se le desarma encima. Ninguno de los dos sale bien parado.
En ese desierto de propuestas, no todo el peronismo eligió el camino de la autodestrucción. El ex gobernador de San Juan Sergio Uñac viene planteando, desde que confirmó su candidatura presidencial para 2027, la necesidad de discutir una nueva conducción del espacio y de darle voz al interior profundo del país, con la consigna de que "el interior profundo necesita representación". Uñac, que recorre los distritos con una agenda federal y se corre del personalismo porteño que domina la interna entre Cristina y Kicillof, representa una de las pocas apuestas a reconstruir el peronismo sobre la base de ideas y territorio, en lugar de pura disputa de aparatos. Su crecimiento, justamente, incomoda a los dos sectores enfrentados, porque desordena el tablero binario que ellos pretenden imponer.
El estado de situación que dejó el acto del 20 de junio es desolador para quien aspire a que exista una oposición seria frente al Gobierno. No hay conducción reconocida, no hay reglas claras y no hay noción real del daño que la interna le está generando a toda la fuerza. Cada cruce, cada chicana, cada desplante, es un nuevo ladrillo en el muro que separa al peronismo de cualquier posibilidad de volver a ser una alternativa de poder. Y mientras tanto, el Gobierno de Milei avanza con su agenda sin una oposición que le haga sombra, beneficiado por una fractura que el peronismo se inflige a sí mismo con entusiasmo suicida.
La guerra por el 2027, entonces, quedó formalmente declarada. Cristina y Máximo de un lado, Kicillof del otro, y un peronismo cada vez más parecido a un campo de batalla donde lo único que se discute es quién manda. Del país, de la gente, de las ideas, ni una palabra. La frase de Máximo —"hablan de unidad y ni siquiera son capaces de ir a verla"— quedará como el símbolo perfecto de una interna donde la lealtad a una persona reemplazó por completo a cualquier discusión sobre el futuro. Un espectáculo triste, para una fuerza que supo ser otra cosa.
Para entender la profundidad del conflicto conviene recordar de dónde viene esta interna. Durante años, Kicillof fue una creación política del kirchnerismo: ministro de Economía de Cristina, candidato a gobernador impulsado por ella, dirigente que llegó a la Gobernación bonaerense en buena medida gracias al respaldo del aparato camporista. Esa relación de origen es precisamente lo que vuelve tan amargo el enfrentamiento actual: el cristinismo siente que Kicillof es un dirigente al que ungió y que ahora le disputa el liderazgo, mientras el gobernador entiende que su crecimiento electoral le da derecho a construir una identidad propia. La pelea tiene, por eso, un componente casi familiar, de ruptura entre quienes alguna vez fueron parte del mismo proyecto y hoy se disputan su herencia. Nada hay más áspero que las internas entre quienes comparten un pasado común.
El daño que esta guerra le inflige al peronismo es difícil de exagerar. En un escenario político donde el oficialismo avanza con su agenda de reformas estructurales y la sociedad atraviesa los costos de un ajuste prolongado, la principal fuerza opositora debería estar construyendo una alternativa: un diagnóstico, un programa, un equipo, un liderazgo. En cambio, dedica sus mejores energías a una disputa de aparatos que no le ofrece nada al electorado más allá del espectáculo de la pelea. Cada acto que el peronismo dedica a discutir candidaturas internas es un acto que no dedica a discutir qué haría con la economía, con la pobreza, con la educación o con la seguridad. Y el votante, que no es tonto, registra ese vacío. La interna no solo divide al peronismo: lo vacía de sentido como propuesta de gobierno.
La pregunta de fondo, la que ni Cristina ni Máximo ni Kicillof se animan a responder, es por qué el peronismo perdió el poder y la credibilidad que supo tener. La respuesta incomoda a los tres, porque los involucra: el fracaso macroeconómico del último gobierno kirchnerista, con su inflación desbocada y su cepo asfixiante, fue el que le abrió las puertas a Milei. Hacerse cargo de eso exigiría una autocrítica que ninguno está dispuesto a formular, porque equivaldría a reconocer la propia responsabilidad. Es más cómodo pelearse entre sí por quién manda que admitir que, juntos, fundieron la confianza que la sociedad les había dado. Y así, entre desplantes y chicanas, el peronismo sigue postergando la única conversación que de verdad importa.