El deterioro del poder adquisitivo empieza a dejar huellas en la vida cotidiana. Ya no se trata solo de recortar gastos: las familias están reconfigurando su manera de consumir. Hoy, seis de cada diez hogares ajustaron su presupuesto, resignaron calidad y modificaron hábitos para poder llegar a fin de mes.
En ese contexto se va consolidando una tendencia donde los consumidores abandonan marcas, cambian de comercios e incluso dejan de priorizar el origen de los productos con el único objetivo de abaratar la canasta básica.
El fenómeno, lejos de ser transitorio, muestra rasgos estructurales. Según el informe del primer trimestre de 2026 de la consultora Moiguer, la economía exhibe señales de recuperación en algunos indicadores, pero ese repunte no se traslada al consumo masivo. La brecha entre actividad y bolsillo se ensancha.
El cambio también es cultural. Si en los años de alta inflación predominaba la lógica de adelantar compras para anticiparse a las subas de precios, ahora la estrategia es otra: administrar peso por peso. Comparar promociones, combinar canales de venta y armar recorridos fragmentados se volvió parte de la rutina.
Esa transformación se refleja en los números. El 61% de los hogares redujo gastos en apenas los primeros meses del año, un salto de cuatro puntos respecto del mismo período de 2025. La compra dejó de ser concentrada: se divide entre supermercados, mayoristas, comercios de cercanía y plataformas digitales en busca del precio más bajo.
Pero el ajuste en el consumo tiene un límite. Cuando ya no hay margen para seguir recortando, aparece el endeudamiento. Cada vez más familias recurren al crédito para sostener gastos básicos, aunque ese alivio empieza a volverse un problema.
Los niveles de morosidad alcanzaron cifras récord: el 13,2% de los préstamos personales y el 11% de las tarjetas presentan irregularidades. Se trata de una tendencia que acumula más de un año en alza y que refleja un cambio de fondo: la deuda dejó de ser una herramienta transitoria y pasó a formar parte de la fragilidad estructural de los hogares.
El informe también pone en perspectiva histórica el momento actual. Durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, el consumo acompañó el crecimiento económico, aunque con distinta intensidad.
En la gestión de Mauricio Macri se produjo un estancamiento con caída posterior, mientras que el ciclo de Alberto Fernández estuvo marcado por el impacto inicial de la pandemia y una recuperación parcial.
El panorama actual, bajo la administración de Javier Milei, muestra una dinámica distinta: el Producto rebota, pero el consumo no logra seguirle el ritmo y se mantiene en niveles cercanos a los de la crisis de comienzos de siglo.
Esto se debe, en líneas generales, a que las actividades que traccionan el crecimiento económico tienen una baja influencia en la demanda de mano de obra, y en cambio las actividades que emplean masivamente -a menudo asociadas con la 'economía real'- se mantienen deprimidas.
Las proyecciones no son alentadoras. El estudio estima que el consumo podría recién volver a los niveles de 2023 hacia el año 2030, lo que implica una década perdida en términos de capacidad de compra.
En todo caso, queda claro que el ajuste de la era Milei vino a transformar estructuralmente el consumo, redefiniendo la capacidad de compra de la ciudadanía desde el constante deterioro del poder adquisitivo de los salarios y abriendo mercados extranjeros para arbitrar los precios internos.
Esto empuja a los argentinos a una transformación en sus hábitos, que cambian de marca, de negocio y hasta de país de origen a la hora de tomar decisiones que comprometan el bolsillo.