La preocupación social por el rumbo económico empieza a reflejarse con mayor claridad en los indicadores de opinión. Un relevamiento de la consultora QSocial registró en febrero un salto en la percepción negativa sobre la situación del país, que alcanzó al 40% de los encuestados, mientras que las valoraciones positivas descendieron al 19%.
El informe, basado en 1645 casos, pone números a un malestar que se extiende en distintos sectores y que encuentra su anclaje en la vida cotidiana. La preocupación ya no se concentra sólo en variables macroeconómicas, sino en los efectos concretos del ajuste sobre ingresos, empleo y consumo.
Entre los principales problemas señalados, la pobreza aparece en primer lugar con el 27% de las respuestas, seguida por la falta de trabajo, mencionada por el 19%. Ambos indicadores reflejan una sensibilidad creciente frente al deterioro de las condiciones sociales.
En paralelo, el comportamiento de la actividad económica muestra una dinámica desigual. Mientras algunos sectores con baja demanda de empleo -como el financiero, el energético, el agro y la minería- exhiben resultados positivos, otros rubros intensivos en mano de obra, como la industria, la construcción y el comercio, atraviesan una situación más que delicada desde hace años.
Ese contraste impacta directamente en la percepción social. Los cierres de empresas, en especial en el ámbito industrial, se consolidan como una señal de alerta. Casos recientes, como el de la planta de Fate, alimentan la incertidumbre, en un contexto en el que amplios sectores interpretan que la respuesta oficial es insuficiente o distante.
El consumo, por su parte, aparece como otro termómetro del deterioro. Según el relevamiento, el 74% de los encuestados afirmó haber reducido gastos para llegar a fin de mes, mientras que más de la mitad reconoció que no logra ahorrar.
La presión sobre los ingresos también se traduce en dificultades para cubrir necesidades básicas. Un 32% aseguró que el dinero no le alcanzó para afrontar gastos esenciales como alimentos, vivienda o salud, lo que refuerza la centralidad de la economía doméstica en la evaluación del contexto.
En este escenario, también se resiente la confianza en la capacidad del Gobierno para resolver los problemas de fondo. El 54% de los consultados consideró que la gestión de Javier Milei no está logrando controlar la inflación, pese a que ese objetivo ocupa un lugar central en el discurso oficial.
Desde la consultora interpretan que se está produciendo un cambio en el foco de atención. Las metas fiscales y el orden macroeconómico pierden centralidad frente a los efectos visibles del ajuste, en un clima atravesado por lo que definen como un “temor al abandono social”.
Ese clima se ve reforzado por episodios que funcionan como puntos de referencia, como el cierre de empresas o la pérdida de empleo. En ese marco, la discusión económica empieza a correrse del plano técnico hacia una dimensión más tangible, donde la preocupación principal pasa por sostener el ingreso y evitar una mayor caída en las condiciones de vida.