La escalada bélica en Medio Oriente comenzó a impactar con fuerza en la economía global. El conflicto impulsado por Estados Unidos e Israel provocó un salto abrupto en el precio internacional del petróleo y generó fuertes turbulencias en los mercados financieros, que iniciaron la semana con caídas pronunciadas en Asia y señales de un posible “lunes negro” en las principales plazas bursátiles del mundo.
En la apertura de operaciones en los mercados asiáticos, el barril de petróleo llegó a superar los 118 dólares tanto en el Brent como en el WTI. El movimiento implicó subas cercanas al 25% y 27% respectivamente, reflejando el temor de los inversores a un impacto más profundo del conflicto sobre el suministro energético global.
La tensión también generó advertencias sobre el efecto que ese encarecimiento podría tener en la inflación estadounidense. El propio presidente de Estados Unidos, Donald Trump, admitió que el aumento del precio del crudo terminará trasladándose a los valores internos.
“Los precios del petróleo a corto plazo, que caerán rápidamente cuando termine la destrucción de la amenaza nuclear iraní, son un precio muy bajo a pagar por la seguridad y la paz de Estados Unidos y del mundo. ¡Solo los necios pensarían diferente!”, escribió el mandatario en su propia red social, Truth, donde firmó el mensaje como “Presidente DJT”.
Con el correr de las horas, el precio del petróleo moderó parcialmente la escalada. Hacia la mañana del lunes en Argentina, tanto el Brent como el WTI retrocedían desde sus máximos y se ubicaban en una franja cercana a los 102 y 103 dólares por barril. La corrección se produjo luego de que los países del G7 anunciaran su intención de liberar entre 300 y 400 millones de barriles de reservas estratégicas para intentar estabilizar el mercado.
Sin embargo, la tensión continuaba reflejándose en las bolsas internacionales. En Australia, el índice S&P ASX200 -que reúne a las principales compañías del país- caía 2,85% durante la mañana del lunes, luego de haber llegado a registrar pérdidas cercanas al 4%.
Las bajas también golpeaban con fuerza a los mercados asiáticos. El índice KOSPI de Corea del Sur llegó a desplomarse 8% en la apertura antes de recuperar parte del terreno y estabilizarse en una caída cercana al 5,9%. En Japón, el Nikkei inició la jornada con un retroceso de 7% que luego se moderó hasta aproximadamente 5,24%.
Los futuros de Wall Street también anticipaban un arranque complicado para la plaza estadounidense. El indicador US30 y el US500 -referencias para las grandes compañías industriales- registraban caídas de hasta 1,4% después de haber tocado pérdidas cercanas al 2%, mientras que el US2000, que refleja el desempeño de 2.000 empresas de menor capitalización, retrocedía casi 2% tras haber llegado a desplomarse alrededor de 4%.
El nerviosismo del mercado se suma a otro factor que ya venía generando preocupación entre los inversores. El viernes pasado, el gigante financiero BlackRock decidió restringir los retiros de capital en uno de sus fondos dedicado a créditos para pequeñas empresas y profesionales. La firma estableció un límite del 5% para los rescates, pese a que algunos inversores habían solicitado retirar hasta el 9% de sus participaciones.
El disparador de la crisis energética fue la creciente amenaza sobre la infraestructura petrolera de la región. Durante las últimas horas se registraron ataques contra refinerías y depósitos de combustible tanto en territorio iraní como en otros países del Golfo Pérsico, lo que alimentó el temor a una interrupción masiva del suministro.
A eso se sumaron advertencias sobre la estratégica isla de Kharg, el principal punto de salida del petróleo iraní. Por ese enclave circula cerca del 90% de las exportaciones de crudo del país, por lo que cualquier ataque podría generar un impacto inmediato en el mercado mundial.
En ese contexto, el líder de la oposición israelí, Yair Lapid, planteó abiertamente la necesidad de golpear la infraestructura energética de Irán. Según sostuvo, Israel debería “destruir todos los campos petroleros y la industria energética de Irán en la isla de Kharg”, una medida que -afirmó- “arruinará la economía de Irán y derrocará al régimen”.
Lapid incluso fue más allá al delinear los objetivos políticos de la ofensiva militar. “Esta guerra debe terminar cuando el régimen en Irán haya caído, las instalaciones nucleares hayan sido destruidas, toda la industria de misiles balísticos haya sido destruida, y Hezbollah haya sido destruido en Líbano”, escribió en la red social X.
Las consecuencias sobre el mercado energético ya muestran cifras históricas. Según una estimación difundida por la consultora MacroEdge, el conflicto provocó una caída en la oferta global de petróleo cercana a los 20 millones de barriles diarios, el mayor recorte registrado hasta ahora.
Hasta este episodio, la mayor interrupción en el suministro mundial se había producido en 1976 durante la Revolución Islámica en Irán, cuando el derrocamiento del Sha y la llegada al poder del régimen de los ayatolás provocaron una reducción de 5,6 millones de barriles diarios en el mercado internacional.
El impacto del conflicto no se limita al petróleo. Otros commodities estratégicos vinculados al sector energético también comenzaron a registrar fuertes subas. Entre ellos aparece la soja, insumo central para la producción de biodiesel, que viene experimentando aumentos significativos en los mercados internacionales.
Movimientos similares se observan en el maíz y el trigo, dos granos clave para el comercio global de alimentos y biocombustibles. Para países exportadores como Argentina, ese escenario podría mejorar el valor de las ventas externas.
Sin embargo, en el sector agropecuario aparece un dilema inmediato. Los productores deben decidir si vender ahora aprovechando los precios internacionales más altos -aunque con un tipo de cambio local relativamente bajo- o esperar a ver cómo evoluciona el conflicto en Medio Oriente y su impacto final tanto en los valores de los commodities como en el mercado cambiario.