Una guerra en Medio Oriente no es un episodio lejano para una economía periférica. Es un shock externo negativo que se transmite por precios, comercio y finanzas. Los países no pueden evitar el impacto, pero sí atenuarlo si construyeron amortiguadores a tiempo. La diferencia entre una turbulencia manejable y un descalabro profundo suele residir en esa previsión.
En ese terreno, el Gobierno de Javier Milei tomó una decisión que hoy vuelve al centro del debate: relegar la acumulación de reservas internacionales en el Banco Central. La liquidez en moneda dura es el instrumento clásico de defensa frente a eventos disruptivos, tanto domésticos como globales.
El economista Mariano Kestelboim enumeró cinco canales por los que la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán impacta en la Argentina: encarecimiento de combustibles y mayor inflación, caída en la valuación de activos locales, contracción del consumo, suba de tasas de interés y aumento del riesgo país. Y advirtió que las consecuencias “no van a ser algo efímero, nadie piensa que el conflicto vaya a resolverse en menos de un mes”.
El único efecto favorable aparece por el lado de las exportaciones energéticas. La escalada bélica, con ataques sobre infraestructura y amenazas sobre el estrecho de Ormuz, impulsó el crudo a valores que no se observaban desde 2024. El Brent se movió en la franja de 82 a 85 dólares por barril, mejorando por precio el ingreso de divisas de un sector que se consolidó como generador neto de dólares.
En 2025, las ventas externas de petróleo rondaron los 6.700 millones de dólares, apalancadas por la expansión de Vaca Muerta. Sin embargo, el beneficio tiene contracara. El mismo aumento internacional del crudo eleva los costos internos, y lo hace con mayor rapidez que en otras etapas por una definición política explícita: la convergencia del precio local a paridades de importación o exportación.
Esa “internacionalización” del surtidor convierte al consumidor argentino en rehén directo del Brent. Especialistas del sector estiman que una suba de 10 dólares en el barril puede traducirse en incrementos de entre 3% y 4% en los combustibles, si las petroleras trasladan el ajuste. El efecto derrama sobre la estructura productiva: logística más cara, fletes más costosos y presión adicional sobre los precios.
La tensión también alcanzó al gas. Europa registró saltos significativos y el mercado de GNL sumó incertidumbre tras la suspensión de exportaciones desde Qatar. Aunque la Argentina pueda mostrar superávit energético anual, mantiene picos estacionales de demanda. Si el invierno obliga a importar gas licuado a precios elevados, el impacto será doble: mayor salida de divisas y más presión tarifaria en un esquema que ya trasladó referencias internacionales al sistema local.
A esto se suma el frente comercial. La inestabilidad en el Golfo encarece seguros y rutas marítimas, y eleva los costos de transporte. Una porción sustantiva del comercio mundial de petróleo y gas atraviesa Ormuz. Cuando aumentan los riesgos, suben los fletes y ese sobrecosto termina filtrándose en insumos importados y bienes intermedios.
El costado financiero completa el cuadro. En escenarios bélicos, los fondos globales abandonan el “apetito por riesgo” y migran hacia activos considerados seguros. Se fortalece el dólar, se encarece el crédito y se castigan los bonos de economías periféricas. Para la Argentina, con acceso limitado al financiamiento voluntario, cada episodio de incertidumbre se traduce en más riesgo país, caída de precios de deuda y presión cambiaria.
En ese contexto, el shock combina deterioro de términos del intercambio, aumento de costos y volatilidad financiera. Lo llamativo es que todo ocurre con una administración que sostuvo que no necesitaba acumular reservas. Milei repitió en distintas ocasiones que el Banco Central no debía comprar dólares porque emitir pesos para hacerlo “genera inflación”, y que por eso no fortalecería el stock de divisas.
La experiencia internacional sugiere lo contrario. Tras la crisis del Tequila en 1995, los países emergentes aprendieron que la primera línea de defensa ante un shock externo es la liquidez en moneda dura. El propio Fondo Monetario Internacional remarca en su bibliografía el rol de las reservas como mecanismo de auto-seguro: no impiden la tormenta, pero amortiguan la destrucción que deja a su paso.
La guerra en Medio Oriente expone, así, una vulnerabilidad estructural. Cuando el mundo se sacude, la discusión ya no es ideológica sino práctica: cuánto colchón se construyó antes del golpe. Sin reservas, el margen de maniobra se achica y el costo del temblor se amplifica puertas adentro.