Cuando concluía la reunión de Labor Parlamentaria del martes, minutos antes de la sesión preparatoria en la que se definían autoridades y cargos, supo que Carolina Moisés se quedaría con la vicepresidencia del Senado que el peronismo consideraba propia. Atónito, ensayó una última maniobra: propuso que Lucía Corpacci compitiera en el recinto y que la definición se resolviera por votos.
El jefe del interbloque ya había anticipado su jugada a Victoria Villarruel y también se lo había comunicado a Bartolomé Abdala cuando este lo consultó el día anterior. Pero la suerte estaba echada. En medio del desconcierto, le lanzó a Patricia Bullrich, delante de otros jefes de bloque: “Vos no aprendés más, siempre con los excesos”. No obtuvo respuesta. Tampoco tenía los números.
El catamarqueño Guillermo Andrada le advirtió que si avanzaban con la candidatura de Corpacci quedaría atrapado entre la disciplina partidaria y las órdenes del gobernador Raúl Jalil. Finalmente se abstuvo cuando Bullrich mocionó para que Moisés ocupara el tercer lugar en la jerarquía de la Cámara alta: no podía desoír a su jefe provincial ni votar contra la presidenta del PJ en Catamarca.
En los pasillos, la bronca era inocultable. Según fuentes parlamentarias, Corpacci “estaba en llamas”. Y agregaban: “Mayans la expuso en su desesperación pero los libertarios tenían 44 votos por abajo de las patas”. La matemática legislativa terminó de clausurar cualquier intento de resistencia.
El movimiento que encumbró a la jujeña comenzó a tejerse el viernes previo, tras el plenario de comisiones que dictaminó la reforma laboral ya aprobada en Diputados. Moisés evaluó entonces disputar el lugar que había dejado Silvia Sapag, aunque la operación debía ejecutarse con sigilo. El acuerdo se cerró el lunes por la tarde en un Zoom con 44 senadores antikirchneristas encabezados por Bullrich. No hubo objeciones.
La designación rompe una práctica no escrita: hasta ahora, esa vicepresidencia quedaba en manos de la principal fuerza opositora. Moisés conduce un bloque de apenas tres integrantes. “¿Qué va a impedir, a partir de ahora, que venga cualquier senador y se junte a rosquear con dos de acá y un gobernador de allá para llegar a esos cargos?”, se quejó un colega.
En rigor, el oficialismo había ofrecido la vacante a Carlos Mauricio Espínola o a un referente del peronismo federal. Pero el correntino comparte bancada con Alejandra Vigo, que ya ocupa otra vicepresidencia. El camino quedó despejado para la senadora jujeña.
Mientras se afinaba esa ingeniería, avanzaba la fractura del bloque Convicción Federal respecto del kirchnerismo. Entre los argumentos del portazo figuró que Mayans había dejado sin dictamen al espacio contra la reforma laboral por negarse a integrar la comisión de Trabajo, en protesta por lo que consideraba una maniobra reglamentaria para restarle lugares al peronismo. El formoseño sostenía que no convalidar “el atropello” abría la puerta a impugnar el trámite. Pero el costo político fue inmediato.
El retroceso contrasta con otros momentos de fortaleza. En 2024, el peronismo logró que el Senado rechazara el DNU 70/23 de Javier Milei y, aunque no bloqueó la Ley Bases, capitalizó votaciones resonantes: los aumentos a jubilados y universidades, la caída del decreto que ampliaba fondos para la SIDE y la expulsión de Edgardo Kueider.
Con 34 integrantes, Mayans supo cerrar debates con discursos filosos cuando el tablero lo favorecía. Sin embargo, tras las elecciones de octubre, no consiguió avanzar con cambios a la ley de DNU, tampoco retuvo dos lugares en la AGN que negociaba con el radicalismo y perdió la pulseada por el Presupuesto 2026. Febrero lo encontró con el bloque dividido y ante la inminente sanción de una reforma laboral que impacta en el núcleo histórico del peronismo.
En la intimidad de su despacho, deslizó una reflexión que mezcla advertencia y esperanza: “Podrán nombrar jueces y sacar leyes por el número pero hay que ver cuánto le aguanta la gente”. Y sintetiza su horizonte político sin matices: “es Milei o nosotros”.