La firma del nuevo acuerdo comercial entre Argentina y Estados Unidos volvió a colocar en el centro del debate el rumbo de la política económica. El entendimiento, que incluye la ampliación del cupo de exportación de carne vacuna hacia el mercado norteamericano, fue celebrado por el Gobierno por su potencial impacto en el ingreso de divisas, aunque también encendió alertas sobre las consecuencias de una mayor apertura comercial para la industria local.
La administración de Donald Trump oficializó la incorporación de 80.000 toneladas métricas adicionales para las ventas de carne argentina, que se suman a las 20.000 ya existentes y elevan el volumen total permitido a 100.000 toneladas anuales.
Según informó el canciller Pablo Quirno, el esquema permitirá incrementar las exportaciones en aproximadamente 800 millones de dólares, con envíos programados en cuatro etapas a lo largo del año.
Mientras el oficialismo y el complejo exportador destacan la oportunidad para fortalecer el frente externo, distintos sectores productivos advierten por el impacto que podría tener el resto de los aspectos de la rúbrica, que implican una apertura económica general al gigante norteamericano, donde a menudo la producción local queda en desventaja competitiva.
En un contexto en el que buena parte del entramado industrial suma signos de fragilidad mes a mes, que prácticamente se han mantenido -cuando no agudizado- desde la llegada de Javier Milei a la presidencia, no son pocos los que alertan por un posible golpe de gracia al entramado productivo local.
Desde la Unión Industrial Argentina (UIA) reconocieron que la inserción internacional puede representar una oportunidad de crecimiento, aunque señalaron que la industria atraviesa una etapa delicada.
El presidente de la entidad, Martín Rappallini, explicó que “si bien el año 2025 registra un leve crecimiento del 1,5% respecto al anterior, esto ocurre tras un 2024 de fuerte ajuste donde todos los rubros sufrieron caídas”.
El titular de la asociación gremial empresaria precisó que “sectores como la construcción, el textil, el calzado y la metalmecánica mantienen estándares de retracción, mientras que la energía, la minería y el sector automotriz muestran signos de recuperación”.
El dirigente empresarial advirtió que la apertura comercial obliga a competir en un escenario más exigente y con desventajas estructurales. “Los sectores que no recuperan no solamente están impactados por la actividad, sino también por la apertura. Estoy vendiendo a mucho menos cantidad y también a un precio mucho más bajo con motivo de tener que adaptarse a precios internacionales”, sostuvo.
Además, remarcó que la industria enfrenta costos sistémicos elevados y subrayó que “seguimos acumulando distorsiones” y que “seguimos con 50 puntos de presión fiscal”. En ese sentido, insistió en que “hoy en el mundo no compiten las empresas, sino también compiten los sistemas que las rodean”.
Las críticas también llegaron desde el plano político. El diputado Miguel Ángel Pichetto cuestionó con dureza el rumbo económico y sostuvo que el Gobierno impulsa un “proceso de destrucción de la industria nacional bajo una mirada ideológica que atrasa dos siglos y que desprecia el valor del empresariado local”.
El legislador consideró que la apertura indiscriminada desconoce la importancia del entramado productivo y advirtió que sectores estratégicos continúan enfrentando barreras en el exterior.
"Es totalmente disparatado y poco conveniente en los intereses de la nación que el presidente ataque al principal empresario de la Argentina; esto marca una línea hacia la destrucción de la industria", afirmó. También criticó que el acero y el aluminio argentinos sigan sometidos a aranceles del 50% en Estados Unidos y calificó la estrategia oficial como una "mirada estúpida" de libre mercado.
"La mirada de Sturzenegger atrasa 200 años. El mundo hoy protege a sus empresas y cuida sus empleos; China entra a un mercado y lo deja devastado, y acá tenemos una mirada de libre comercio de la época de Adam Smith", concluyó.
También hubo quien remarcó, aunque superficialmente, la asimetría en las obligaciones de cada una de las partes.
"El acuerdo de comercio recíproco entre Argentina y Estados Unidos dice: 'Argentina y EEUU deberán…' 3 veces. 'EEUU deberá…': 7 veces. 'Argentina deberá…': 113 veces. Quedamos debiendo", advirtió a través de sus redes sociales el politólogo Andrés Malamud.
Según detalló la Cancillería argentina, el acuerdo combina apertura comercial, ampliación de cuotas exportadoras, compromisos de inversión y disposiciones sobre comercio digital, con un impacto potencial estimado en más de 1.000 millones de dólares adicionales en exportaciones.
El entendimiento se inscribe en la estrategia oficial de profundizar la inserción internacional, que también contempla los avances del Mercosur en negociaciones con la Unión Europea y con la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA).
Entre los puntos centrales del acuerdo se destacan la eliminación de aranceles para 1.675 productos argentinos, el acceso preferencial al mercado estadounidense, el respaldo financiero para inversiones estratégicas mediante organismos como el EXIM Bank y la Corporación Financiera de Desarrollo Internacional, y la reducción de aranceles locales para determinados bienes importados, incluyendo autopartes y productos agrícolas.
El texto también incorpora capítulos vinculados al comercio digital, la economía del conocimiento y la adopción de estándares internacionales en materia de propiedad intelectual, con el objetivo de facilitar la expansión de startups, fintechs y empresas tecnológicas.
El nuevo esquema comercial abre un escenario con oportunidades concretas para sectores exportadores, en especial el complejo cárnico, pero también plantea desafíos para ramas industriales que todavía buscan recomponer niveles de actividad y competitividad.
Con posiciones enfrentadas entre quienes destacan el potencial de inserción global y quienes advierten sobre el impacto productivo interno, el acuerdo con Estados Unidos vuelve a tensionar el debate sobre el modelo de desarrollo económico argentino.
Con incentivos claros a la primarización y una amenaza explícita al entramado productivo local, la rúbrica obliga a revisar la estructura de costos de producción o exponer a los sectores de empleo más intensivo a condiciones de subsistencia más que adversas.