Davos: tres discursos, un mismo campo de batalla simbólico - Política y Medios
23-01-2026 - Edición Nº6566

ANÁLISIS

Davos: tres discursos, un mismo campo de batalla simbólico

08:40 |Davos dejó una señal: la geopolítica volvió a la fricción dura, pero la batalla decisiva sigue siendo comunicacional. Porque antes de que cambien las reglas, cambia el lenguaje que vuelve aceptable cambiarlas.

Por: Mg. Lautaro González Amato

 

El Foro Económico Mundial celebrado en Davos volvió a ser lo que siempre fue, aunque esta vez logró sostener una capa adicional de tensión: una escena global donde los líderes no solo compiten por inversiones, sino por imponer un marco moral sobre “qué está mal” en el mundo y quién tiene la autoridad para “ordenarlo”. En esta edición, tres intervenciones condensaron esa disputa: Donald Trump, Javier Milei y el primer ministro canadiense Mark Carney.

En los tres casos, el contenido económico fue inseparable de la retórica identitaria. No se trató solamente de comercio, inflación o energía: se trató de enemigos, valores, pertenencias y, en el límite, de cuál es el umbral tolerable del conflicto político antes de convertirse en discurso de odio. En esa frontera, la comunicación política deja de ser un “canal” y pasa a ser un sistema de consecuencias.

Trump: la potencia como espectáculo de fuerza

El mandatario de Estados Unidos, Donald Trump llegó a Davos en soledad. Llevó un discurso que mezcló celebración económica doméstica con un gesto de confrontación internacional hacia Europa y China. El eje que dominó el relato fue Groenlandia: insistió en su intención de adquirirla y afirmó que no recurrirá a la fuerza, mientras presionó por “negociaciones” y tensó el vínculo transatlántico.

La operación comunicacional fue clásica en clave trumpista: agenda única,  antagonistas claros y simplificación moral. El problema no es solo la propuesta en sí, sino el encuadre: soberanía y alianzas aparecen subordinadas a una narrativa donde el fuerte “pone condiciones” y el resto debe alinearse. 

Esa lógica —performativa— alimenta la idea de que la política internacional se rige por la humillación del otro más que por reglas de convivencia.

Milei: cruzada cultural, moralización económica y “wokismo” como enemigo 

Por su parte, el presidente argentino Javier Milei habló después de Trump y reforzó un núcleo discursivo ya consolidado: defensa del capitalismo como sistema justo y eficiente, denuncia del socialismo como causa de “resultados catastróficos” y apelación civilizatoria a raíces grecorromanas y judeocristianas.

El punto más sensible, en clave de polarización, apareció cuando el conflicto político se narró como una batalla contra un mal sistémico como “la versión más hipócrita del socialismo… el wokismo” y cuando se etiquetaron procesos regionales con categorías extremas como por ejemplo, al mencionar el caso de Venezuela. 

En términos comunicacionales, el riesgo es que el adversario deje de ser un competidor democrático y pase a ser una amenaza ontológica: algo que debe ser erradicado, no debatido.

Carney: “realismo basado en valores” y una respuesta al giro de fuerza 

Como contrapunto, el primer ministro de Canadá, Mark Carney construyó un relato más frontal. Planteó una “ruptura” del orden internacional y advirtió que las grandes potencias están usando la integración económica como arma. Su metáfora central —tomada del último presidente de la ex Checoslovaquia, Václav Havel— fue el llamado a dejar de “vivir dentro de la mentira”: dejar de actuar como si el sistema siguiera siendo lo que ya no es.

A diferencia del tono dominante de Trump y la cruzada cultural de Milei, Carney propuso un liderazgo de potencias medias: coordinación, soberanía y coaliciones “issue by issue”. Incluso explicitó el capítulo Groenlandia: apoyo a Groenlandia y Dinamarca, oposición a aranceles y defensa de la arquitectura aliada. Su frase de cierre sintetizó el diagnóstico: si no estás en la mesa, estás en el menú.

La fábrica el “odio” en la era del liderazgo performático

Los tres discursos comparten una premisa: la política se organiza por marcos morales, no por tecnicismos. Es el terreno en el que Robert Entman describió como framing: seleccionar aspectos de la realidad y volverlos más salientes para orientar interpretaciones y juicios. En Davos, los marcos compitieron desde Trump y el eje en el cual el mundo está en transacción y la fuerza económica y simbólica define el orden. 

En Milei operó desde la batalla civilizatoria contra un enemigo cultural como el wokismo y socialismo que habría capturado sociedades e instituciones en contra de la libertad y el libre mercado.

Por su parte, Carney propuso una ruptura ante la reconfiguración geopolítica que exige coordinación de potencias medias bajo un “realismo basado en valores”. 

El problema aparece cuando el marco necesita intensidad constante para sostenerse desde la lógica de plataformas, viralidad y liderazgo “en vivo”. Ahí la comunicación política puede deslizarse del conflicto legítimo a la deshumanización: el paso previo al discurso de odio. La catedrática austríaca en análisis del discurso en la Universidad de Lancaster, ​Ruth Wodak, lo estudió como “política del miedo” donde aparece la amenaza permanente, chivos expiatorios o simplificación discursiva. 

En esa línea, la lingüista Susan Benesch lo conceptualiza como “dangerous speech”: cuando la retórica aumenta la probabilidad de daño al convertir a un grupo en objetivo moralmente inferior o peligrosa amenaza. Y recomienda el uso de contradiscurso en lugar de la censura para deslegitimar a los relatos cuasi nazis.

En ese sentido, Davos expuso una paradoja: el foro pide “diálogo”, pero los incentivos mediáticos premian el golpe retórico. Y el golpe retórico, para funcionar, suele requerir un enemigo nítido.

El rol de la comunicación política ante los discursos del odi

Si el odio es una maquinaria narrativa, no solo una emoción, la respuesta no puede ser únicamente moral. Debe ser estratégica, institucional y mediática. Debe reponer complejidad sin perder claridad: no caer en la tecnocracia, aunque sí poner el eje en desmontar simplificaciones binarias como pueblo/élite, libertad/decadencia, o civilización/barbarie que alimentan la demonización.

Separar conflicto de exterminio simbólico es trabajar en la disputa de ideas sin convertir identidades en amenazas totales. El profesor de derecho y filosofía de Nueva Zelanda, Jeremy Waldron insiste en que el daño del “hate speech” no es solo ofensa: es la degradación del “estatus” de iguales en el espacio público.

Diseñar marcos alternativos es otra de las premisas y obligaciones de la comunicación política: no basta con “refutar”, hay que reencuadrar al decir de George Lakoff. Si el adversario instala “fuerza” como sinónimo de orden, la réplica eficaz debe convertir “cooperación” en sinónimo de seguridad y prosperidad. Carney lo intentó con su “realismo basado en valores”.

Davos dejó una señal: la geopolítica volvió a la fricción dura, pero la batalla decisiva sigue siendo comunicacional. Porque antes de que cambien las reglas, cambia el lenguaje que vuelve aceptable cambiarlas. Y ahí, periodistas, estrategas y líderes enfrentan una responsabilidad concreta: evitar que la política de alto voltaje derive en una cultura pública que degrade la condición humana y profundice la polarización vigente. 

 

*Autor del ebook “Unir la cadena. IA & comunicación política. Guía práctica para asesores”, LAMATRIZ, 2024.

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