Putin y la vieja costumbre de abandonar a sus protegidos - Política y Medios
21-01-2026 - Edición Nº6564

GEOPOLITICA

Putin y la vieja costumbre de abandonar a sus protegidos

09:56 |De Siria a Caracas, pasando por La Habana y Teherán, la promesa de protección rusa se diluye cuando el mapa se agranda y los frentes se multiplican. La captura de Maduro y la caída de Al-Assad exponen los límites reales del poder de Moscú.

Cuando Rusia decidió intervenir en Siria a fines de 2015, Vladimir Putin se comprometió con una asistencia total al régimen de Bashar Al-Assad. La intervención fue brutal y sostenida: bombardeos indiscriminados, veto sistemático en la ONU y respaldo político sin fisuras. Esa alianza se mantuvo mientras Moscú pudo sostener el esfuerzo. Cuando no, se evaporó en cuestión de días.

La explicación no estuvo en Damasco sino en Kiev. La invasión a Ucrania, lanzada en febrero de 2022 como una guerra corta, absorbió recursos, atención y capacidad militar. Con el conflicto empantanado y sin avances decisivos, Rusia dejó al descubierto dos límites estructurales: no logró ejecutar una campaña rápida y tampoco pudo sostener múltiples frentes abiertos al mismo tiempo.

Ese repliegue se sintió de inmediato en Siria. Cuando Ahmed Al-Shara avanzó hacia la capital, la resistencia fue mínima. Ante la caída inminente del régimen, la ayuda rusa se redujo a una llamada ofreciendo asilo y traslado. El aliado que había sido sostenido durante años quedó librado a su suerte.

La escena se repitió, con otros protagonistas, en América Latina. Nicolás Maduro, capturado en Caracas en la madrugada del 3 de enero, tuvo oportunidades para escapar. Eligió no hacerlo. Apostó a que su entramado de alianzas -Rusia, Cuba, Irán y China- lo blindaría frente a la justicia estadounidense. Se equivocó.

Durante 2025, el líder venezolano apenas salió del país una vez: viajó a Moscú para los festejos por el Día de la Victoria. Hasta último momento confió en que su vínculo con el Kremlin alcanzaría para evitar el desenlace en Nueva York. No hubo señales, alertas ni gestos concretos. Tampoco rescate.

Desde la era Chávez, Rusia había provisto a Venezuela de sistemas antiaéreos, aeronaves, radares y asesoramiento militar. Oficiales rusos entrenaron a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana en drones y operaciones especiales. Nada de eso se activó cuando comandos estadounidenses avanzaron sobre el objetivo. Moscú guardó silencio absoluto.

La comparación es elocuente. Entre Moscú y Damasco hay unos 3.400 kilómetros. Entre Moscú y Caracas, casi 10.000. Ni siquiera apareció un avión para evacuarlo. La distancia -además de geográfica- fue política en esta ocasión, donde resulta difícil pensar en una intervención no consensuada con Washington.

Cuba atraviesa un sentimiento similar, fundamentalmente desde la captura de Maduro. La isla atraviesa una crisis profunda, sin respaldo energético ni financiero suficiente, y sin el auxilio que durante décadas supo llegar desde el Este. Con apagones, escasez y desgaste político, el régimen castrista percibe que el sostén ruso ya no existe. Ni petróleo, ni dinero, ni horizonte.

En Teherán también tomaron nota de la nueva postura del Kremlin cuando, en junio pasado, ningún sistema ruso advirtió al régimen del Ayatola Ali Khamenei del ingreso de los cazas israelíes que golpearon el corazón de su estructura militar e inteligencia. Esto enrareció la relación, luego de que el país persa sí había respaldado al gigante euroasiático en su conflicto con Ucrania.

El padrinazgo de Putin en los últimos años viene develando un patrón cada vez más recurrente: donde hoy hay apoyo, mañana puede desaparecer. No por falta de voluntad ideológica, sino por incapacidad operativa y desgaste estratégico. Las guerras que no se ganan suelen erosionar el poder hacia adentro y hacia afuera. Rusia lleva casi cuatro años atrapada en Ucrania y pierde influencia en todos los tableros.

Venezuela y Cuba ya lo sienten con crudeza. Nicaragua, cuando llegue su momento crítico, probablemente también. La pregunta queda flotando para otros actores que aún coquetean con el Kremlin: ¿seguirán creyendo en una potencia que promete mucho, pero no llega cuando la historia acelera?

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