Por: Mg. Lautaro González Amato*
Este año la comunicación política en América Latina no solo va a trabajar en campañas, gobiernos y redes sociales: también va a hablar de sí misma. Y lo va a hacer en espacios concretos, con fechas, ciudades y actores propios.
Montevideo, Buenos Aires y el circuito latinoamericano de consultores y académicos se transforman en un triángulo donde se discuten tres grandes preguntas: ¿cómo se comunica la democracia en un contexto de erosión y fatiga social?, ¿qué hacemos con la combinación explosiva de IA, plataformas y regulación? y ¿qué lugar ocupa la región Latina en la nueva división internacional del trabajo comunicacional?
A partir de tres hitos como la Cumbre Mundial de Comunicación Política en Montevideo, el Congreso de la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política (ALACIP) en Buenos Aires y los Premios de la Asociación de Comunicación Política (ACOP) a la mejor campaña latinoamericana, podemos leer algunas de las tendencias que ordenarán la conversación de este año.
Montevideo: la comunicación política se declara “Cumbre de la democracia”
En abril, la XXIV Cumbre Mundial de Comunicación Política desembarca en Montevideo con una consigna clara: edición de la democracia. El evento se realizará en la Intendencia de Montevideo entre el 21 y el 23 de abril y reúne a consultores, académicos, periodistas, funcionarios y equipos de campaña de toda la región.
Que el encuentro se presente explícitamente como “cumbre de la democracia” no es un detalle menor. Habla de al menos tres movimientos. En primera instancia la disciplina sale del rincón técnico: deja de ser solo un asunto de spots, encuestas y redes para ponerse al frente de la discusión acerca de la calidad democrática, desinformación, polarización y violencia política.
Como segundo punto la región asume que la batalla es narrativa: en un contexto donde la confianza en instituciones y medios cae, la disputa central es quién consigue armar un relato creíble sobre crisis económica, inseguridad, desigualdad y futuro.
Finalmente, la política reconoce que sola no alcanza: agencias, consultoras, plataformas, ONGs y universidades aparecen como actores imprescindibles de ese ecosistema de gobernanza comunicacional.
En términos de Manuel Castells, estamos viendo cómo la “sociedad red” se traduce en “política red”: múltiples nodos de poder simbólico que coexisten, se disputan y, a veces, se bloquean entre sí.
Lo interesante es que la Cumbre llega en un contexto global donde el marco de juego está cambiando rápido. La Unión Europea acaba de poner en marcha un reglamento específico de transparencia y segmentación de publicidad política (TTPA), que obliga a etiquetar anuncios, revelar quién paga y restringe el uso de datos sensibles para microsegmentar.
Como respuesta, Meta y Google anunciaron que dejarán de ofrecer avisos políticos pagos en la UE a partir de octubre de 2025, alegando que el marco regulatorio es demasiado complejo y riesgoso.
Mientras tanto, en América Latina seguimos en un escenario de regulación débil o fragmentada. La Cumbre de Montevideo aparece entonces como un espacio donde la región puede empezar a construir, al menos, un lenguaje común sobre integridad informativa y reglas del juego en campañas digitales.
Buenos Aires: ALACIP 2026 y la democracia bajo examen
Buenos Aires: ALACIP 2026 y la democracia bajo examen
Tres meses después, Buenos Aires se transforma en otro epicentro. El XIII Congreso Latinoamericano de Ciencia Política (ALACIP 2026) tendrá lugar del 21 al 24 de julio en la Universidad Torcuato Di Tella, con un lema que sintetiza el clima de época: “Cuatro décadas de democracia en América Latina. Entre el fortalecimiento y la erosión en un mundo incierto”.
Más allá de la densidad académica, el dato clave es otro: la comunicación política está plenamente integrada a la agenda central del congreso. Hay grupos de trabajo sobre comunicación y opinión pública, campañas y comportamiento electoral, desinformación, redes sociales y afectos políticos.
Esto muestra al menos dos tendencias. Por un lado la compol se consolida como campo de estudio “serio”, lo que hace veinte años era casi un oficio informal, hoy es objeto de investigación empírica, modelos teóricos y debate metodológico. Se estudian deepfakes, polarización afectiva, burbujas informativas, electoralización permanente de la agenda, violencia digital de género, entre otros temas.
Como segundo punto, la frontera entre teoría y práctica se vuelve más porosa. Consultores que han ganado campañas participan de mesas académicas; académicos que investigan TikTok y voto joven asesoran campañas o gobiernos. La teoría de Blumler y Kavanagh sobre la “tercera edad de la comunicación política” –marcada por la mediatización total de la vida pública– se cruza con la práctica cotidiana de quienes diseñan estrategias para candidatos e instituciones.
En un contexto donde se multiplican las alertas sobre erosión democrática, el evento de ALACIP funciona como el contrapunto reflexivo de la Cumbre de Montevideo: si la Cumbre concentra la praxis, ALACIP concentra la autocrítica y el análisis estructural.
La pregunta que sobrevuela ambos espacios es la misma: ¿la comunicación política está ayudando a fortalecer la democracia o está contribuyendo –consciente o inconscientemente– a vaciarla de contenido?
ACOP y los premios: la industria iberoamericana se mira en el espejo
El tercer vértice del triángulo viene desde España, pero con fuerte participación latinoamericana. La Asociación de Comunicación Política (ACOP) lanzó la II edición de sus Premios de Comunicación Política, con una categoría específica a Mejor campaña LATAM.
En 2025, esa categoría destacó la campaña mexicana “El Ministro de Tinder”, reconocida por su combinación de humor, narrativa ética y uso inteligente de TikTok en una elección judicial.
Más allá del caso puntual, el movimiento es claro: la comunicación política de la región se piensa como industria global, con sus propios premios, circuitos de prestigio y estándares de calidad.
Latam deja de ser solo “proveedora de casos exóticos” para convertirse en laboratorio de innovación narrativa, especialmente en formatos de redes, creatividad de bajo presupuesto y storytelling emocional.
La frontera España–América Latina se vuelve cada vez más permeable: consultores latinoamericanos ganan premios en Barcelona, campañas europeas importan formatos nacidos en México, Colombia o Argentina, y viceversa.
La lógica de los premios es siempre ambivalente: por un lado, empujan estándares y reconocen buenas prácticas; por otro, corren el riesgo de consolidar una mirada excesivamente marketinera de la política, donde importa más el envase que el contenido.
De nuevo, la pregunta de fondo no es solo “qué campaña gana”, sino qué modelo de comunicación política se legitima cuando premiamos determinadas piezas y dejamos fuera otras.
Cuatro tendencias de fondo detrás de estos eventos
Si juntamos Montevideo, Buenos Aires y el circuito ACOP, aparecen al menos cuatro tendencias de 2026 en comunicación política, profesionalización total, con riesgo de burbuja, ya que nunca hubo tantos congresos, premios, diplomaturas, escuelas y bootcamps de compol. El oficio se profesionaliza, se tecnifica, se llena de métricas, dashboards y KPIs. La ventaja es que se mejoran las capacidades técnicas de partidos, gobiernos y organizaciones sociales, aunque el riesgo sea la confección de una burbuja endogámica de consultores hablando para consultores, mientras la brecha con la ciudadanía se agranda.
Por otro lado aparece la regulación en el uso de la IA como nuevo campo de batalla: la combinación de IA, big data y nuevas reglas del juego va a marcar la agenda. Mientras la Unión Europea endurece exigencias de transparencia y expulsa de facto la publicidad política paga de Meta y Google, nuestra región todavía discute marcos básicos para plataformas, integridad electoral y protección de datos.
La pregunta ya no es si usamos IA en campañas (eso ya ocurre), sino bajo qué principios la usamos y quién controla los límites.
De los partidos a las causas y comunidades
Tal como muestran los temas elegidos por la Cumbre y ALACIP, el poder simbólico se desplaza de las cúpulas a las causas. Movimientos feministas, socioambientales, estudiantiles, diversidades o víctimas de violencia construyen narrativas propias que en ciertas ocasiones obligan a los gobiernos a reaccionar.
La comunicación política que solo mira estructuras partidarias llega tarde: hoy las campañas ganan o pierden en el terreno de las comunidades y las microcausas con alto impacto emocional.
No es casualidad que un evento profesional se presente como “cumbre de la democracia” y que un congreso académico se titule “Cuatro décadas de democracia entre el fortalecimiento y la erosión”.
La democracia no se da por sentada: se narra, defiende, discute y rediseña. La compol deja de ser un accesorio y pasa a ser parte tanto del problema como de la solución.
En este mapa, la tentación es obnubilarse con la tecnología: IA generativa, segmentación, dashboards, deepfakes, regulación europea. Todo eso importa y va a seguir importando. Pero si algo dejan en claro Montevideo, Buenos Aires y el circuito regional es que la tendencia más profunda no es tecnológica, sino política: cómo volvemos a enamorar a las sociedades cansadas; cómo construimos causas que valgan la pena, más allá de un slogan; cómo usamos las herramientas disponibles sin romper algo frágil pero esencial: la confianza mínima que sostiene la convivencia democrática.
Tal vez la verdadera tendencia para este año sea otra, menos glamorosa que la IA aunque mucho más urgente: volver a preguntarnos para qué y para quién hacemos comunicación política. El resto –eventos, congresos, premios, algoritmos– debería ordenarse a partir de esa respuesta.
En este contexto, tampoco es casual que 2026 sea un año bisagra en las urnas para la región: Brasil, Colombia, Costa Rica, Haití y Perú elegirán presidente en un arco que va de febrero a octubre, con Costa Rica abriendo el calendario el 1° de febrero y Brasil cerrándolo el 4 de octubre. Entre medio, Perú votará el 12 de abril, Colombia el 31 de mayo y Haití –si la crisis de seguridad lo permite– prevé comicios generales en dos vueltas, el 30 de agosto y el 6 de diciembre.
No se trata solo de un dato de coyuntura electoral: distintos análisis ya marcan que estos cinco procesos pondrán a prueba el giro a la derecha, la centralidad de la inseguridad como tema de campaña y la capacidad de los sistemas políticos para procesar enojo social sin romper las reglas básicas del juego democrático. En todos los casos, la disputa no será únicamente entre candidatos o partidos, sino entre relatos sobre orden, libertad, mercado, Estado y futuro que intentarán capitalizar miedos concretos: crimen organizado, estancamiento económico, corrupción y pérdida de certidumbres.
Así, mientras la industria de la comunicación política se profesionaliza, se premia y se reúne en cumbres y congresos, las verdaderas pruebas de estrés estarán en estas cinco elecciones presidenciales. Allí veremos hasta qué punto las campañas logran pasar del marketing a la construcción de causas, usar la IA sin dinamitar la confianza y hablarle a sociedades saturadas de mensajes pero hambrientas de sentido.
Lo que ocurra en San José, Bogotá, Lima, Puerto Príncipe y Brasilia no solo definirá nuevos gobiernos: también terminará de mostrar si la comunicación política latinoamericana está a la altura de este ciclo o si sigue corriendo detrás de la realidad.
*Autor del ebook “Unir la cadena. IA & comunicación política. Guía práctica para asesores”, LAMATRIZ, 2024.