La crisis entre Estados Unidos y Venezuela de esta semana dejó una huella comunicacional más nítida que cualquier comunicado diplomático: el argumento central de la intervención mutó en tiempo real.
Primero, la Casa Blanca y el Departamento de Estado empujaron un encuadre de “narco-terrorismo” con Nicolás Maduro como supuesto jefe del “Cartel de los Soles”. Luego, cuando el expediente judicial ajustó este punto —rebajando la idea de un “cartel” como organización demostrable— el discurso político oficial se desplazó sin pudor hacia otro terreno: control, administración y monetización del petróleo venezolano.
El resultado es una pieza de comunicación política clásica —y peligrosa—: un gobierno de Donald Trump que pretende legitimarse con un relato moral en la lucha contra el crimen organizado, pero termina en objetivos materiales como la apropiación de recursos estratégicos, válidos para su posicionamiento en el mundo
El encuadre inicial: Maduro “capo narco” y guerra moral
En los primeros mensajes, Trump presentó la operación del secuestro del expresidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, como una acción excepcional contra un enemigo criminal transnacional. En su alocución, asoció directamente al mandatario chavista con el “Cartel de los Soles”, describiéndolo como un entramado que habría “inundado” a EE.UU. de drogas.
En paralelo, el secretario de Estado, Marco Rubio reforzó públicamente la etiqueta, declarando que Maduro era el jefe de esa “organización narcoterrorista”.
Desde la teoría del framing, esto es Robert Entman en estado puro, el encuadre es claro: seleccionar un aspecto de la realidad como la criminalidad o el narcotráfico y hacerlo dominante. De esta manera se justifica una acción, intervención en modo soft, invasión y anulación del derecho internacional en modo hardcore. El problema no es solo moral; es operacional: si el marco cae, cae la legitimidad del acto.
Entman afirma que encuadrar es seleccionar ciertos aspectos de la realidad y volverlos dominantes para orientar interpretaciones y decisiones. El ‘narco-Estado’ operó esta semana como marco moral para legitimar una práctica política recurrente del gobierno de Estados Unidos; la obtención de recursos naturales por medio de la violencia militar. Basta recordar la invasión a Irak en 2003 con la excusa de que el régimen de Sadam Husain tenía escondidas armas de destrucción masiva que nunca se encontraron.
El giro silencioso: cuando el expediente pincha lo que el discurso infló
La inconsistencia se volvió evidente cuando, en sede judicial, el Departamento de Justicia ajustó el corazón semántico de la acusación, quitándole densidad a la idea de que Maduro “lideraba” un cartel como organización estructurada.
Distintos reportes señalan que la caracterización más sólida de “Cartel de los Soles” no remite a un cartel formal, sino a una etiqueta histórica sobre corrupción y connivencias dentro de estamentos estatales y militares venezolanos, difícil de probar como “organización” en los términos que exige un tribunal de justicia.
Ahí aparece la falla central de la comunicación política: la administración sostuvo dos verdades a la vez. En lo político-mediático: “es un cartel, hay un jefe”, en lo judicial: “es una etiqueta para un sistema”, con menor capacidad de sostener la épica original.
Ese desdoblamiento erosiona la credibilidad de la opinión pública, porque deja una sensación de “relato a medida”: si el dato no cierra, se sobrescribe.
La sustitución del propósito: del “rescate democrático” a la “administración del petróleo”
Mientras el argumento criminal se debilitó a medida que pasaron los minutos, el relato se reordenó alrededor de un eje material: petróleo y control económico.
En las últimas horas, Trump y su gabinete anunciaron mecanismos para que EE.UU. controle ventas de crudo venezolano y canalice los ingresos bajo administración estadounidense, en medio de negociaciones con la vicepresidenta Delcy Rodríguez, ahora a cargo del Poder Ejecutivo.
En simultáneo, se informó que Chevron negocia con el gobierno estadounidense una expansión de licencias para operar y exportar crudo desde Venezuela, en el marco del nuevo esquema.
Además, medios europeos como LeMonde en Francia, reportaron incautaciones de tanqueros y un fortalecimiento del control logístico sobre el flujo petrolero.
Geopolíticamente, este movimiento vuelve reconocible un patrón: cuando la narrativa de valores se vuelve costosa de sostener, la narrativa de intereses la reemplaza. En términos de agenda-setting en McCombs y Shaw, el tópico “democracia venezolana” sale del centro del escenario y entra a jugar el de “energía y seguridad de suministro”.
Desde una lectura realista, el profesor de ciencia política en la Universidad de Chicago, John Mearsheimer recuerda que las grandes potencias priorizan seguridad y poder antes que objetivos normativos. Cuando el marco moral se debilitó, el interés estratégico por la energía y control de flujo petrolero ocupó el centro del relato de Washington.
Injerencia y señal regional: el mensaje implícito para América Latina
Lo más relevante para América Latina no es solo el episodio venezolano, sino la doctrina comunicada por demostración: Estados Unidos marca que puede intervenir, capturar liderazgo, rediseñar gobernanza transitoria y, crucialmente, reordenar un sector estratégico de las economías del continente. Ese “hecho comunicacional” reactiva memorias políticas regionales en materia de soberanía, tutela y recursos.
Por eso, aun actores críticos del chavismo pueden leer el movimiento como precedente de injerencia: una cosa es condenar autoritarismos; otra es validar que la salida sea la administración externa del principal activo económico del país.
En este contexto, el éxodo venezolano no se explica por un único factor, ya que las agencias internacionales lo describen como una combinación de crisis económica y social, violencia, persecución política, violaciones a los derechos humanos y colapso de servicios esenciales.
Las cifras regionales ubican el fenómeno en el orden de casi 8 millones de personas fuera del país, con la mayor concentración en América Latina y el Caribe.
Sin embargo, en la comunicación de Washington de esta semana, la migración aparece más como efecto retórico de la administración de un “Estado fallido” que como problema político a resolver, con el eje puesto en la reconstrucción institucional, el restablecimiento de garantías sociales y una transición democrática verificable.
Este vacío es clave: si el diagnóstico público se reduce a “narcos”, la política resultante tiende a ser punitiva y extractiva, no necesariamente institucional.
En clave de comunicación política: confusión estratégica y “doble marco”
Lo ocurrido calza en tres herramientas típicas de poder comunicacional: en una primera herramienta aparece un encuadre moralizante desde el relato del “narco-terrorismo” como atajo de legitimación para una acción de guerra foquista. Cuando el marco se debilita en tribunales, se cambia el centro del encuadre.
Luego desde la agenda-setting el issue “petróleo” se impone como prioridad práctica, desplazando el debate sobre democratización y causas del colapso social.
Finalmente aparece una ambigüedad funcional que implica sostener simultáneamente un relato épico para consumo doméstico y una versión jurídicamente más prudente para avanzar con procesos legales. El costo es la percepción de engaño de la opinión pública internacional
En síntesis la comunicación se vuelve confusa no por error, sino por diseño, pero esta ingeniería tiene efectos secundarios: erosiona la credibilidad internacional, alimenta sospechas de extractivismo y vuelve más difícil construir apoyos estables en la región, incluso entre gobiernos no alineados con el chavismo.
Esta semana no solo se tensionaron las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela. Se reabrió un dilema latinoamericano: qué pesa más en la política exterior de Washington cuando los valores proclamados desde el relato de Trump compiten con la necesidad del uso de recursos estratégicos para fortalecer su posición dominante ante la mirada de Rusia y China.
Esta ciclotimia discursiva mostró que cuando el discurso se contradice, el vacío lo llena la interpretación más antigua de todas en el continente: la injerencia como método y el petróleo como motivo.
*Autor del ebook “Unir la cadena. IA & comunicación política. Guía práctica para asesores”, LAMATRIZ, 2024.