
Con el reloj electoral en cuenta regresiva, el Gobierno puso en marcha un esquema de emergencia que, puertas adentro, llaman “mini plan”. Se trata de un paquete con horizonte de apenas dos meses, diseñado para mantener bajo control al dólar y asegurar la renovación de la deuda en pesos sin recurrir a la emisión.
La maniobra se apoya en tres pilares: un endurecimiento inédito de los encajes bancarios, un uso intensivo de los contratos de dólar futuro y licitaciones de deuda con tasas que desbordan cualquier parámetro de normalidad.
El punto de partida fue la decisión del Banco Central de volver a subir los encajes, es decir, la porción de los depósitos que los bancos deben mantener inmovilizada. El nivel ya roza el 60%, una cifra que no se veía desde la primera etapa de la convertibilidad.
En la práctica, la medida drena liquidez del sistema: hay menos pesos circulando y, por lo tanto, menos demanda de moneda extranjera. Los analistas señalan que este cerrojo, aunque extremo, obliga a los bancos a colocar sus fondos en instrumentos del Tesoro, direccionando el ahorro privado hacia el financiamiento del Estado.
Fede querido.
— Federico Furiase (@FedericoFuriase) August 28, 2025
Con la suba de encajes integrables con los títulos de la licitación primaria del Tesoro se completó el roll over, se absorbieron pesos ($1 billón) y se extendió el perfil de vencimientos (se “patearon” $6 billones para el año que viene).
Como explicaron… https://t.co/jOBnFWovNX
El segundo frente es el mercado de dólar futuro, donde el Banco Central incrementó su intervención hasta acumular posiciones por más de 6.000 millones de dólares. Este mecanismo no implica vender divisas reales, sino comprometerse a hacerlo a un precio pactado en el futuro.
Así, la autoridad monetaria busca “anclar” expectativas: el mensaje a los operadores es que no habrá un salto brusco del tipo de cambio, al menos hasta después de las elecciones. Se gana tiempo, pero al costo de acumular pasivos contingentes que en algún momento deberán cancelarse.
La tercera pata del plan está en el financiamiento. En las últimas licitaciones, el Tesoro logró renovar vencimientos con tasas mensuales de hasta 4,8%, es decir, casi tres veces por encima de la inflación actual. Convalidar ese nivel de interés asegura el rollover, pero encarece drásticamente la deuda.
El esquema es eficaz para evitar una emisión que presione sobre el dólar, pero deja una carga financiera que se volverá difícil de administrar una vez pasado el proceso electoral.
En términos técnicos, la estrategia combina un endurecimiento de la política monetaria con un uso intensivo de instrumentos derivados y un endeudamiento a tasas exorbitantes.
En términos políticos, se trata de garantizar que nada se rompa hasta octubre. El problema vendría el día después: si el plan fracasa, el riesgo es un estallido más brusco; si funciona, el costo será una economía comprimida, sin crédito disponible y con un calendario de vencimientos cada vez más pesado.
El “mini plan” no promete crecimiento ni estabilidad duradera. Apenas compra tiempo. Y, como tantas veces en la historia argentina, ese tiempo vale oro en la recta final de una elección.