
El escándalo por los audios del ex titular de ANDIS, Diego Spagnuolo, suma nuevos capítulos y recrudece las internas del oficialismo. Esta vez, fue la diputada Marcela Pagano quien lanzó la bomba: acusó al jefe de Gabinete, Guillermo Francos, de ser el responsable de la filtración y la descarga política que derivó en la viralización del material comprometededor.
“Fue él, o alguien que trabaja para él”, afirmó sin rodeos en diálogo con LN+.
Además, la legisladora del bloque Coherencia y ex LLA, sugirió que es el único en haber ganado real poder tras la reconfiguración política de los últimos tiempos e incluso advirtió: “Tomen nota del nombre, porque si en unas semanas vuela (Santiago) Caputo de la SIDE, recuerden el nombre de José Luis Vila”.
Para el entorno de Pagano, el tema va más allá de una filtración: se trata de una “guerra de espionaje” interna. No dudó en afirmar que Francos reconoció tener contratado a Vila para armase una agencia de inteligencia propia. Un esquema operativo ilegal, por cierto.
Luego de alejarse de La Libertad Avanza, y en medio de constantes enfrentamientos con la diputada oficialista, Lilia Lemoine, Pagano insiste en que el escándalo que arrastran Karina Milei y los Menem -destapado por los audios de Spagnuolo- no es casualidad política.
Para ella, esos registros surgieron desde lo más alto del Ejecutivo, con el objetivo de reacomodar jugadores mientras cultiva el centro del poder.
Este capítulo restaura una tensión institucional clave: no se trata solo de coimas o filtraciones, sino de quién maneja la inteligencia estatal y con qué fines. Si Francos efectivamente montó una estructura de espionaje paralela, como acusa Pagano, estamos ante un diseño ejecutivo que no solo apunta al enemigo externo, sino a controlar el tablero político interno.
La frase final de Pagano -“esto es una guerra de espionaje”- más allá de lo metafórico, es una advertencia institucional: cuando el poder se disputa con inteligencia propia y no bajo las reglas conocidas, lo que está en juego deja de ser gestión y se convierte en control puro. Una grieta más frente a un gobierno que, lejos de buscar reparación, se enreda en su propio desgaste.