
El reciente escándalo de los audios filtrados por el ex titular de la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), Diego Spagnuolo, ha sacudido la campaña electoral argentina.
Esa denuncia emergió no solo por su contenido explosivo —que menciona a la mismísima secretaria general de la presidencia Karina Milei y a Eduardo “Lule” Menem en presuntas coimas vinculadas a contratos farmacéuticos— sino porque la política quedó desplazada por el vértigo de una triada arrolladora: redes sociales, noticias e indignación digital. La etiqueta #CoimasGate fue una de las más usadas en la comunicación digital que circuló por estos días en las redes sociales y dejó al gobierno en silencio.
En un país marcado por la palabra deslegitimada, lo que empezó como una filtración se convirtió en un tsunami que arrasó la narrativa del gobierno hasta dejarlo casi mudo, sin lograr una respuesta certera: La Libertad Avanza se generó su propia comunicación de crisis.
La política silenciada, redes activadas
Según un estudio de Enter Comunicación, entre el 21 y 24 de agosto el escándalo acumuló 1,73 millones de menciones, más que la causa contra Fabiola Yañez por violencia de género.
Este encuadre de sentimiento negativo dominante emerge con más del 60 % de críticas dirigidas hacia Karina Milei, y además erosiona la imágen pública del propio entorno familiar presidencial socavando el silencio oficial ante el conflicto.
Las etiquetas #KarinaCoimera y #LaCoimaDeTuHermana comandaron la conversación. Mientras, el gobierno eligió el camino del “silencio estratégico”, que no logró opacar la reacción tardía y débil del poder libertario. El Gobierno calificó las filtraciones de “operación política” y puso en duda la legalidad de los audios. El miércoles, el presidente Javier Milei desmintió lo que ventilaron los principales portales de noticias: “lo vamos a llevar a la justicia”, expresó el mandatario en medio de una caravana en Lomas de Zamora ante los medios.
La ausencia de influencers libertarios y la interna entre Caputo y Karina profundizaron el terreno ganado por la oposición, a lo que se agrega que el 30 por ciento de los argentinos, de acuerdo a una encuesta de la consultora Proyección, piensan que lo sucedido es en sí un acto de corrupción.
Además, al segmentar los resultados por afinidad política, el estudio destaca que ocho de cada diez votantes de La Libertad Avanza reconocen tener dudas o creen en la veracidad de la denuncia, mientras que apenas un 20% descarta de plano las acusaciones.
Cabe recordar que las grabaciones atribuidas a Spagnuolo aluden a un sistema de coimas del 8 % en compras de medicamentos, con la empresa Suizo Argentina como intermediaria, y señalan a Karina Milei y Lule Menem como receptores de esos pagos. Por eso, en las próximas semanas las consultoras medirán el impacto de esta crisis en la opinión pública, más sabiendo que pronto se vota en la provincia de Buenos Aires.
¿Democracia digital o democracia desinformada?
Este episodio expone cómo las redes sociales pueden volverse campo de batalla de la política transformando denuncias en narrativa dominante. En ausencia de una respuesta clara desde el Gobierno, el debate público fue ocupado por indignación y memes, desplazando al rol tradicional de los medios, que si bien fueron el foco informativo, no tienen ese rebote instantáneo para medir el clima de opinión.
En definitiva, el resultado del “Coimasgate” es que se diluye la capacidad de la democracia para deliberar bajo reglas claras y se expande un escenario donde la justicia, como las discusiones electorales, quedan sometidas al cortoplacismo digital. En un año electoral clave, la política y el debate demnocrático de propuestas necesitan recuperar la voz desde la transparencia y con argumentos. No alcanza con desmentir o judicializar, hay que reconectar con la ciudadanía, y no solamente “hablarle al activo”, como se dice en la jerga. Si solamente se le habla a los convencidos el gobierno, como lo muestran los números, corre riesgo de esmerilar su capital político.
Si la agenda digital continúa guiando la percepción popular sin una conducción clara, las elecciones no definirán personas ni proyectos: definirán narrativas, sentimientos y rupturas democráticas. La pregunta que flota en el aire es si la política podrá desarmar esa agenda antes del 7 de septiembre, o si el zumbido de las redes terminará decidiendo la elección por ella.